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Esperar contra toda esperanza
 

Esperar contra toda esperanza

Revista Criterio

En su libro Antes del fin (1998), Ernesto Sabato, presintiendo la cercanía de su muerte y casi en contramarcha de sus tres novelas, se propuso escribir lo que él mismo definió como una especie de testamento, destinado en buena medida a “la gente joven que está desesperanzada”. Y comenzaba por preguntarse si es posible encontrar espacio para la esperanza “en este mundo plagado de horrores, de traiciones, de envidias; desamparos, torturas y genocidios”. Sin embargo, reflexionaba, también es cierto que Dios nos da “modestísimos mensajes” de su existencia: el canto de los pájaros que oía al amanecer, la vieja gatita que venía a recostarse sobre sus rodillas, el color de las flores a veces tan pequeñas que sólo desde muy cerca podía contemplarlas. Pero esos mensajes, proseguía, no sólo nos llegan a través de las inocentes criaturas de la naturaleza, sino que sobre todo son encarnados por infinidad de héroes anónimos, como el que reflejaba una fotografía del terremoto que había destruido años antes Concepción de Chile, y que Sabato guardaba entre sus papeles: “Una pobre india –narra el escritor– que había recompuesto precariamente su ranchito hecho de chapas de zinc y de cartones, estaba barriendo con una vieja escoba ese pedazo de tierra apisonada delante de su casucha”.

¿Qué fuerza llevaba a esa mujer a continuar su vida cotidiana en medio de tanta ruina y la desolación? ¿Un impulso irracional de ignorar la realidad y buscar refugio en la fantasía? ¿Una decisión racional de conservar la calma a la espera de ayuda? Para Sabato, la respuesta es otra: “Esta clase de seres nos revelan el Absoluto”. He aquí el misterio de la esperanza. No es una actitud irracional, no se alimenta de ilusiones y fantasías, ni tampoco se identifica con la estrecha racionalidad del optimismo, fundado en previsiones sobre el curso de las cosas. La esperanza es racional de un modo más profundo: es la percepción de que el universo y la propia vida tienen sentido, un sentido cuya verdad no podemos demostrar, pero sí podemos vivir en la medida en que nos entregamos con confianza.

Por eso la esperanza verdadera, a diferencia del optimismo, no depende exclusivamente de lo que puede verse y calcularse, ni se agota en el logro de determinados objetivos. Se alimenta en cambio de una visión abierta del mundo, del reconocimiento de que hay algo más allá de lo que aparece, de que la realidad tiene siempre espacio para acoger lo nuevo, de que incluso a pesar de la oscuridad de ciertos momentos de la historia personal y colectiva siempre hay un futuro, cuyas semillas están operando hoy ocultamente a nuestro alrededor. “Al sentirnos esperanzados –explicaba Santiago Kovadloff en un artículo periodístico de agosto de 2001– no negamos que las cosas sean como parecen: negamos que en esa apariencia se agote lo que ellas son”. La esperanza es una certeza misteriosa acerca de la esencial bondad y belleza de la vida, que ningún éxito puede agotar y ningún fracaso puede cancelar, porque hunde sus raíces más allá de la contingencia, en una experiencia al menos implícita de Dios.

Sin embargo, es precisamente esta apertura al Absoluto característica de la esperanza lo que está en peligro en esta época de profundo deterioro espiritual. En los países ricos, los generosos ideales que inspiraron las primeras décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial dejaron paso a la ilusión de un futuro fundado en el mero progreso material y en el egoísmo civilizado. Las nuevas generaciones están pagando hoy ese error, prematuramente privadas de porvenir en el seno de dichas sociedades, económicamente estancadas y moralmente debilitadas.

En la Argentina, la crisis de la esperanza nace y se alimenta del ensimismamiento de nuestra sociedad, en duelo crónico por la lenta declinación de sus sueños de grandeza, e impotente para sustituirlos por un imaginario de futuro más realista y maduro que le devuelva la vitalidad perdida. Sólo la recuperación de la esperanza puede regenerar este mundo y este país, ambos “afligidos y agobiados” (Mateo 11,28).

Se abre aquí el escenario de nuestra misión actual en cuanto cristianos: dar testimonio de nuestra esperanza al mundo. La esperanza cristiana no se identifica sin más con la esperanza humana, pero arraiga en ella, la asume y la salva. Nos libera de la ilusión de poder construir en este mundo un “reino del hombre” autosuficiente, ilusión que condena a la parábola recurrente que va de la exaltación al desánimo. La esperanza pone nombre al horizonte último donde convergen todas las aspiraciones humanas, el Reino de Dios, el cual nunca puede alcanzarse plenamente en este mundo, pero por ello mismo impide que nos instalemos, nos pone permanentemente en camino, y da sentido y dirección a nuestros esfuerzos. Pero hay algo más. La esperanza cristiana no es pura proyección hacia el futuro. Un dinamismo que es más bien el fruto de la confianza en lo que ya ha acontecido: la realidad esperada se ha hecho presente en Jesucristo, “nuestra esperanza”. (1 Timoteo 1,1). En Él resplandece para siempre todo lo que nuestro corazón es capaz de anhelar para sí y para los demás.

Anunciar este mensaje es, por lo tanto, un servicio insustituible que los cristianos debemos al mundo, y que los cristianos argentinos en particular debemos al país. La esperanza nos impulsa a rechazar el mensaje de que “todo va a andar mal”, pero no nos obliga a sustituirlo por la consigna opuesta de que “todo va a andar bien”. Tampoco nos lleva a reivindicar un conocimiento privilegiado del futuro, sea de los acontecimientos, de los tiempos o de la dirección de los procesos históricos. No nos exime de las dudas y perplejidades, no pone en nuestras manos recetas salvadoras. La esperanza cristiana, simplemente, nos inspira la serena certeza de que la vida personal y la del país no están libradas a los caprichos de un destino ciego, sino que están siendo misteriosamente guiadas por la sabiduría divina; nos da la confianza en que el amor fiel de Dios que se reveló de tantas maneras en el pasado, nos acompaña en el presente y seguirá dándosenos a conocer en el futuro; infunde la seguridad de saber que hoy están fermentando las energías más o menos ocultas que mañana podrían plasmar un país mejor; nos despierta a una sensibilidad especial para discernir la voluntad de Dios en los “signos de los tiempos” y caminar en la fidelidad.

La esperanza cristiana no es una postura intimista, un mero “estado de conciencia” al servicio del bienestar personal. Por el contrario, a partir de la oración personal y comunitaria, que es “el lugar primero y esencial” en que se aprende y ejerce (Benedicto XVI, Spe Salvi, 32), la esperanza genera  un específico ethos no sólo para la vida privada sino también para la vida pública. Nos da paciencia para no buscar atajos mesiánicos ni forzar los tiempos y las situaciones, y de este modo nos dispone a contribuir con abnegación y generosidad al lento y arduo trabajo de construir juntos un proyecto común que nos trascienda y que, aunque no lo veamos realizado, podamos dejar en herencia a las próximas generaciones.

Ciertamente esta esperanza que describimos brilla junto a la fe y en la caridad en muchos actos grandes y heroicos, pero en ningún otro lugar muestra mejor su identidad propia como en los actos pequeños y ordinarios, como el de aquella mujer humilde mencionada por Sabato, que después del terremoto seguía barriendo la entrada de su rancho, o como los de tantos argentinos que salen cada mañana a construir el futuro con su trabajo cotidiano, no por simple inercia ni por ingenuo optimismo, sino porque han aprendido como Abraham a “esperar contra toda esperanza” (Romanos 4,18).

Pero la esperanza, dice Dios, esto sí que me extraña,

me extraña hasta a mí mismo,

esto sí que es algo verdaderamente extraño.

Que estos pobres hijos vean cómo marchan hoy las cosas

y crean que mañana irá todo mejor,

esto sí que es asombroso y es, con mucho,

la mayor maravilla de nuestra gracia.

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Posted on 07 Nov 2012 by nacho
   

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